¿Pero es que nadie hablará de nosotr@s cuando hayamos muerto? (Precrónica del Querostar)

Posted on 01/10/2011

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Estos días se cumple el veinte aniversario del Nevermind. Igual es muy conveniente hablar de ello hoy, que nos vamos a la final del Querostar.

Recuerdo aquel verano como si fuese realmente cercano. Mi corazón de veinteañero buscaba y ofrecía caricias para el corazón. Casi nos valía todo. Aquellas hermanas adolescentes, hermosas y morenas, que nos miraban bajo la atenta mirada protetora de su padre, todo un animal. La playa petada y yo qué blanco. En el radiocasete -así estábamos entonces- de mi amigo había dos pletinas. En una siempre estaba el primer disco de los Stone Roses. En la otra, Syd Barret. Mi confianza en la industria musical se había desmoronado en la segunda mitad de los ochenta, tal era la mierda que se nos obligaba a escuchar. Apenas puedo salvar el “Meat is Murder” de los Smiths y el “Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me” de los Cure. Y en ésas mismas estaba yo cuando pude oír por vez primera el “I Wanna Be Adored”. No dejé de escuchar ni un segundo hasta el fin de “I Am the Resurrection”. Dios, aún me estremezco. Aquellos días todavía ardían los pozos petrolífros de Kuwait.

El verano fue terminando sin más caricias que las estrictamente necesarias. Volví a la facultad en octubre. En la cafetería, el primer puto día de clase, me encontré con un compañero con el que tenía poco pero afable trato. Me saludó muy alegre y me preguntó: “¿Escuchaste el Nevermind?”. Si, ya lo había escuchado.

Esta noche, tanto tiempo después, voy a un concierto en la sala The Star de Carral. Se celebra la final -la finalísima- del concurso Querostar, del que tanto os he ya hablado. Se presentan cuatro propuestas muy diferentes. El metal que tanto amaron mis colegas de juventud (divino tesoro). El blues-rock que escuchaba Allan Ginsberg cuando componía su “Aullido”. El pop-rock psicodélico y deliciosamente californiano que acompañó al grunge en su imparable ascenso a los cielos de la noche. El rock independiente de quien, como la iguana, puede mutar y transmutarse en lo que su naturaleza le permita.

Seguramente penséis que todo esto no permanecerá, que nadie hablará de nosotr@s cuando hayamos muerto. Estáis equivocados. Que se lo pregunten a Kurt.